sino brillo yo, brilla mi ausencia, no me odiais a mi, ODIAIS A VUESTRA IMPOTENCIA.

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jueves, 23 de junio de 2011

Cambiemos papeles.


Puede que al relatarlo rompa toda la magia de las tardes en las que te observo desde el alféizar de la ventana. Cuando echo el toldo y toco los atardeceres incrustados en el tejado con la punta de los pies. Eso ya da igual porque ahora que ya lo sabes saldrás a ver cómo compruebo la temperatura de las horas y todo este juego de niña pequeña tocará a su fin. O no. Tendrás una vaga idea de que alguien ahí fuera te necesita más de lo que piensas o simplemente no le darás más vueltas, cuando el punto y final sube al escenario no hay nada más que hacer, y cuando esto suceda seré yo quien deje de esperar por ti y pase a esperar por otras corrientes y tú seguirás como hasta entonces. Cuando uno trata de explicar la vida, cuando se nos ocurre suponer, hacer predicciones y atrevernos a pensar que es así, ésta parece jodidamente fácil. Por eso hoy yo, como cualquier otro cobarde, he optado por no vivirla y grabarla desde las ventanas. Lo único que estoy haciendo es reproducir en un monitor una película que me he obligado a ver. Él es el protagonista, yo quien intenta seguir las marcas de su vida, marcadas por el guión que yo le escribo tras las cristaleras. Y así es como me doy cuenta de la cantidad de gris que inunda al mundo, cuando me resigno a ser espectadora y no protagonista.
Y sí, duele. Aquí bajo el pecho, en los párpados, en los codos y en los antebrazos, en los labios, en las muñecas, en los tobillos y en las caderas, en el vientre, en las costillas, en la espalda, en la lengua, en la piel. Allí en donde el pensarte haya atravesado hasta los huesos rotos que todavía me mantienen en pie.


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