sino brillo yo, brilla mi ausencia, no me odiais a mi, ODIAIS A VUESTRA IMPOTENCIA.

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martes, 1 de noviembre de 2011

Antes, cuando nos veíamos de forma eventual, me sorpendía el ver que siempre estaba resfriada, con temblores en las madrugadas, fiebres cada mañana. Lo relataba entre café y café sin prestarle más atención que a las anécdotas laborales. Nunca pregunté, me acostumbré a sus temperaturas bajas antes que a cualquier otra rutina.
Cuando comenzamos a vivir bajo el mismo techo pronto atendí a sus hábitos, a su naturaleza.
-Siempre tengo frío. Mira mis manos, están casi azules del frío. Mira la punta de mi nariz, siempre está irritada. Ellos solían llamarme Wintumn- me contó en la azotea mientras acababa con su cigarrillo.
-¿Ellos?- pregunté.
-Ya sabes, el resto de estaciones.
Asentí. Me convencí de que aún no era momento para entenderlo. Aún sigo sin saber si estuve en lo cierto.
A menudo, en tardes como esas, en pausas cortas, otras más largas, entre calada y calada, me contaba la fragilidad que albergaba todo su ser.
-Siempre me he sentido afligida, incluso aterrada, al ver la debilidad añadida que trae un cuerpo. Cómo caen, cómo se deslizan sin apenas percatarse la persona que lo hace caminar. Cómo se oxidan, cómo sus cambios, los dolores que susurra a los huesos, a nuestros músculos, tornan su ánimo, lo degradan. Cómo arropa las ilusiones. Miento si digo que no me da miedo avanzar y apreciar explícitamente cómo, poco a poco, soy yo la que menos ánimos me dará para continuar hacia delante. Me percataré en cuanto mis piernas se tambaleen demasiado, cuando mi oído se olvide de los sonidos, cuando las tonalidades de cada uno de los colores se apaguen en una nebulosa al atravesar mi retina. Por eso siempre, a solas, me creo invencible, capaz de no caer como el resto. De hacerle frente a lo inevitable. Mis heridas sangran, como las tuyas y las de aquella camarera. Mi sonrisa se apaga a menudo, quizás no tanto como la tuya. He crecido desde mi infancia, he responido favorablemente a los cambios y continúo corriendo. No puedo evitar ser tan humana como el resto. Aunque bueno, sólo soy la transición entre dos estaciones que siempre tienen y reparten frío. Quizás se me está clavando aquí- dijo señalándose la sien- y el mundo se me resbala entre los dedos. Como a veces me pasa contigo.
Siempre he creído que nunca me necesitó para sentirse capaz, para abordar y saltar el hedor que consume a los transeúntes cansados de su jornada en sus idas y venidas. Aún sintiendo cómo una soga comenzaba a tirar de su tráquea, ella aceptaba esa solución incompleta, incorrecta y perdida la resolvía con el paso de las estaciones. Conmigo no pasó lo mismo. Ni siquiera ahora que la recuerdo entre líneas. Yo siempre la necesitaré para hacerme frente hasta a mí mismo. Porque yo, sobre las hojas que estoy dejando pasar con cada palabra que marco, fui sólo en el momento en el que esa transición, esos vendavales, lluvias, granizos y heladas se personificaron y se abrigaron con algunas de mis gabardinas.

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